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PSICOLOGÍA

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18 enero 2007

Agorafobia, algo más que miedo a los espacios abiertos

Pepa comenzó a tener crisis de pánico cuando tenía 22 años. Sus crisis solían comenzar con cierta opresión en el pecho que luego daba lugar a una sensación de vértigo creciente. Todo le daba vueltas y su gran miedo era llegar a desmayarse y golpearse la cabeza al caer, muriendo desangrada. Conforme se hicieron más frecuentes la crisis, notó que parecía que había lugares en los que era más fácil que le diera la crisis. Sus lugares temidos eran aquellos donde había grandes aglomeraciones de gente, como ocurría en los grandes almacenes y en el supermercado. Al principio, comenzó evitando las horas punta, pues de ese modo se sentía más tranquila y parecía prevenir la aparición de nuevas crisis. Posteriormente tuvo que convencer a su marido para que se las arreglara solo con la compra, pues ella se veía incapaz de acudir al supermercado (sola o acompañada). Pepa perdió la oportunidad de consolidar su plaza como profesora debido a que no pudo ir a realizar un curso que necesitaba por el mero hecho de impartirse en una ciudad cercana y tener que desplazarse sola en autobús.
El trastorno
A veces, cuando una persona desarrolla un trastorno de pánico por la experiencia repetida de crisis de ansiedad, ocurre que tiende a tener las crisis con más frecuencia en determinados lugares (supermercados, cines, aglomeraciones de gente, etc.). En esos casos es fácil que asociemos esos sitios con el hecho de tener una crisis de ansiedad —algo parecido al enchufe y el grito—, entonces puede ocurrir que “solucionemos” el miedo a tener una crisis de ansiedad evitando los lugares en los que pensamos que es más fácil que nos den las crisis. Dicha evitación nos puede llevar a problemas diversos y en tal caso habríamos desarrollado un trastorno fóbico que se llama agorafobia.
La persona con agorafobia puede evitar muchas y variadas situaciones, desde las ya mencionadas (aglomeraciones de gente) hasta otras menos evidentes según el significado literal del término como: pasar por puentes, viajar en avión, utilizar ascensores, etc. En realidad, para el agorafóbico que ha tenido o tiene crisis de pánico, cualquier situación en la que pueda ser difícil escapar o conseguir ayuda si tiene una crisis se vuelve potencialmente peligrosa ante sus ojos.
No siempre la agorafobia está relacionada con el trastorno de pánico. En un número menor de casos, las situaciones descritas se evitan por miedo a otros elementos que nada tienen que ver con las crisis de pánico. Yo he tratado menos pacientes de este tipo, pero ahora recuerdo un joven que había tenido una experiencia muy desagradable viajando en autobús. Había bebido mucha agua antes de iniciar el viaje y cuando aún faltaba una hora para llegar al destino, comenzó a sentir cierta urgencia urinaria. El autobús no disponía de aseo y eso resultaba aún más agobiante para el joven viajero. A medida que aumentaba la opresión en su vejiga, por su mente pasaba de todo: solicitar al conductor que parase y orinar en la carretera (lo que le producía una gran vergüenza), aguantar como pudiera hasta el destino, e incluso ¡orinarse encima!. Finalmente llegó a su destino, pero con un gran dolor que luego le impidió orinar normalmente hasta pasadas unas horas. A partir de ese incidente comenzó a evitar beber agua antes de los viajes, evitaba los autobuses que no llevasen aseo, evitaba beber agua antes de entrar al cine y cada vez que se ponía nervioso tenía sensaciones de necesitar orinar (aunque luego eran falsas alarmas).
La clave del trastorno
La agorafobia se mantiene principalmente por evitar los lugares temidos. Es importante subrayar que las crisis de ansiedad no se producen por ir a esos lugares. Lo que ocurre es que en esos lugares se dan las circunstancias propicias para que se produzcan los síntomas que disparan la crisis. Síntomas que, por otro lado, son completamente inofensivos. A partir de ellos, comienza la interpretación catastrófica de las sensaciones corporales, pero ahí comienza otro problema: el trastorno de pánico.
El hecho de evitar esas situaciones hace que el agorafóbico se vaya recluyendo más y más en un falso círculo de seguridad, llegando a quedarse aislado en casa (a veces por más de 20 años, como le había ocurrido a un paciente de nuestra clínica).

29 octubre 2006

Miedo a salir de casa

"Salí a la calle, como cada día, para ir a la compra. Entré en el supermercado, llené el carro con lo que me interesaba y fui a pagar. En la caja había cola y comencé a experimentar como un ahogo, un nudo en el pecho y sudores fríos. Sudando, pagué y me marché a buscar a los niños al colegio. Por la calle sentía taquicardia y mareo con sólo pensar que podía caer al suelo fulminada en cualquier momento. Pensaba que me cogía un ataque al corazón o algo así. Fue terrible. Conseguí llegar a la escuela. Esperando a mis niños, me fui tranquilizando y se me pasó el malestar. Al llegar a casa, pensé en lo que me había pasado y quedé preocupada. A lo largo de los meses siguientes se fueron repitiendo estos episodios de malestar extremo una y otra vez: en el mercado, por la calle, al ir de compras, en el autobús e incluso en casa. De todas formas, la mayoría de las veces me encontraba mal fuera de casa o cuando cogía algún transporte. Fui cogiendo miedo a salir sola de casa. Si iba con mi marido o con alguno de mis hijos, aún podía soportarlo. Pero sola me fue cada vez más difícil salir, hasta que decidí no hacerlo ya que cada vez lo pasaba peor. Tenía miedo a pasarlo tan mal. Creía tener algún problema en el corazón".
Esta señora presenta una crisis de pánico. Según el psicólogo norteamericano David Barlow, el 35,9% de la población padece una o dos crisis de pánico anualmente parecidas a ésta. Si el miedo se gereraliza a diversas situaciones y lugares, estas crisis derivan en una agorafobia.
Muchas personas, en algunos momentos de sus vidas, presentan este trastorno nervioso que les crea problemas o incluso las incapacita para salir de casa si no van acompañadas. Aun así, experimentan miedos, angustia en forma de taquicardias, sudoración y sensación de desmayarse o perder el control, e incluso sensación de muerte inminente. Ante esta situación, las personas que la padecen van limitando sus salidas por el miedo a tener miedo. Cuando visitan diferentes especialistas médicos se descarta totalmente algún problema físico. Y es que estas personas sanas físicamente, están padeciendo agorafobia, un trastorno psicológico que hace que el mero hecho de salir a la calle sea una montaña, ya que experimentan terror, angustia y un malestar total, tanto físico como psicológico.
Si no buscan una solución irán arrastrando esta sintomatología a lo largo de su vida, afianzando una personalidad fóbica que impedirá una vida normal y una buena calidad de vida. Así, un trastorno puntual en sus vidas puede transformarse en una ansiedad y un malestar crónico de larga duración si no acuden a un especialista.
Afortunadamente la psicología actual conoce y trata esta sintomatología de forma efectiva. La solución es enfrentarse al miedo mediante una práctica programada, es decir, aplicando sesiones de afrontamiento y analizando y estructurando las interpretaciones catastrofistas de las reacciones fisiológicas. Así, conseguiremos ir controlando el trastorno. Al final del tratamiento, el cliente habrá concluido una larga pesadilla y los objetivos de vivir sin angustia y aumentar nuestra calidad de vida se habrán cumplido.
De todas formas, y a pesar de que la información sobre las crisis de pánico y la agorafobia es cada vez mayor, aún hay gente que las padece que desconoce qué es lo que le pasa, colapsando servicios de urgencia o consultas de medicina general. Como psicólogo especializado en estos trastornos, creo que es importante la divulgación de estos síntomas, y el informar que los mismos tienen solución si se acude a un terapeuta que los trate adecuadamente.

01 octubre 2006

La agorafobia puede enfrentarse

El tema volvió a formar parte de la agenda mediática hace unas semanas, luego del último gran caso de fobia al mundo exterior (llamado también agorafobia) descubierto en Italia: una mujer de 56 años -que fue dada a conocer como Carmela- pasó 26 años encerrada en su casa, por miedo a contagiarse de bacterias y gérmenes. Luego, fue encontrada en un aspecto deplorable: pesaba sólo 30 kilos y tenía una melena larguísima.
En Japón, por ejemplo, las fobias sociales son tan usuales que devinieron en prácticas sociales casi institucionalizadas: el hikikomori ("aislamiento" o "inhibición" en lengua nipona) es usual entre jóvenes que se niegan a salir de sus habitaciones y amenazan con suicidarse si se les quiere brindar ayuda. La agorafobia se traduce principalmente como el miedo a ser avergonzado en público, a estar sólo en grandes lugares o frente a multitudes y en casos extremos, y quien la padece puede llegar a no querer salir de su casa bajo ningún concepto. Pero, ¿cómo y por qué se desencadenan estas fobias que aíslan a las personas de sus roles sociales?
"La agorafobia es el miedo a los espacios abiertos y, como todas las fobias, está vinculada con trastornos de ansiedad. En muchos casos, hay factores genéticos que la determinan, pero también las hay adquiridas: muchas están ligadas al nacimiento y a las experiencias de los primeros años de vida", explica Eduardo Benítez, médico psiquiatra del Hospital Borda. Para el psiquiatra y psicoanalista Víctor Filippi, "las fobias sociales pueden objetivizarse en animales o en insectos (tal el caso de Carmela) porque la tensión se fijó en ellos al momento de recibir un trauma emocional muy grande. Ese bichito o animal que está presente en el momento del trauma aparece luego como un símbolo de él. Lo que está ocurriendo en realidad es un desplazamiento del problema". Sigue: "Los animales y los insectos tienen la capacidad de hacer las cosas sin que se las pidamos. Actúan sin decir 'por favor' y nos dejan en una posición totalmente pasiva. No respetan ningún pedido. Esa cualidad puede trasladarse a una actitud humana traumática. Por ejemplo: una mamá que critica sin que uno se lo pida".
¿Qué tienen con común los hikikomoris con casos como el de Carmela? Si bien las historias son diferentes y las fobias se objetivizan de manera distinta, el causante de la enfermedad en la mayoría de los casos es similar. "Por lo general, los pacientes con este tipo de fobias ven el mundo exterior como un mundo en el que se les va a pedir cosas a las que ellos no pueden responder. Temen ser agredidos a cada rato por el mundo externo y no poder responder a las órdenes que este mundo genera", aclara Filippi. "Las fobias sociales no se pueden nuclear, porque cada paciente es diferente y no todas son iguales, pero sí pueden compararse: radica en todas ellas un miedo atroz a ser objeto de un dominio o una voluntad exterior muy fuerte".
¿Pueden curarse fobias como ésta? Benítez afirma que los tratamientos son muy efectivos: "Con una intervención de un médico psiquiatra y buen apoyo psicoterapéutico, los tratamientos hasta pueden ser muy cortos. Lo importante, como en todos los casos, será erradicar el trauma de base".

22 septiembre 2006

«Piensas que vas a morir o que te vas a volver loco»

Isabel Fraile pertenece al Colectivo de Afectados por el Pánico y la Agorafobia de Zaragoza (Capaz), unos problemas muy difíciles de detectar.

¿Qué es la agorafobia?
Es el miedo a estar en determinados lugares, desde salir a la calle a coger el autobús o estar solo en casa. Los afectados intentan evitarlo para no sufrir crisis de pánico.

¿Cómo son estas crisis?
Se experimentan síntomas físicos y psicológicos muy variados. Náuseas, falta de aire, aparente infarto, y la consiguiente sensación de muerte inminente, miedo a volverse loco... Hay gente que sufre estas crisis sin ser agorafóbicos, sin nada aparente que lo desencadene.

¿Usted lo sufrió?
Sí, entre los 29 y los 34 años. Mi primera crisis surgió sin más cuando tomaba algo en un bar. Esto supone un gran problema para el día a día... Claro, hay gente que tiene que dejar el trabajo porque no pueden ir y no les dan la baja, ya que el problema no se reconoce como limitación.

¿Tiene solución?
Sí. A mí me dijeron que no me recuperaría, pero lo hice, con psicoterapia y mucho apoyo. Es un camino muy largo y se pasa mal, pero se sale.

¿Qué hacen en su asociación?
Tenemos un servicio personal (c/Colón, 6) y telefónico (976 259 807) para afectados y familiares. Les informamos, los escuchamos e intentamos que no se sientan bichos raros. Tenemos autoayuda en grupo y terapia. El día 30 tendremos un coloquio abierto en el centro cívico Universidad (18.00 horas).

¿Son muchos?
Entre el 1,5 y el 3,5% de la población sufre estos problemas, pero en la asociación no llegamos a la veintena porque es una afección muy difícil de detectar y de asumir.

Bio
Isabel Fraile tiene 37 años y pertenece al colectivo Capaz. Sufrió crisis de pánico durante cinco años.
Barcelona (España): Asociación para el tratamiento de la Agorafobia y Fobia social
C/Europa 22, 2ª 3ª 08028 Barcelona Tel. 93 430 1290
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